La ingratitud es algo que tenemos que convivir, a empezar por nosotros
mismos, pues somos los primeros cuando se trata de ingratitud, tanto cuando se
trata en relación con el Señor, en cuanto a nuestro prójimo. Cometemos dos errores
principales, esperar que las cosas sucedan de la forma que queremos y
atribuimos responsabilidad a las personas cosas que no son de ellas, y siendo así
acumulamos frustraciones, que consecuentemente acaban convirtiéndonos en
personas con ingratitud en él corazón. Tenemos que entender el Señor nos ama,
independientemente de lo que hagamos, sin embargo, nuestras elecciones generan
consecuencias buenas o malas, y ellas determinan cómo vamos a vivir, van a
determinar el nivel de batallas que enfrentaremos, y nada de eso apaga lo que
Dios ya ha hecho por nosotros a través de la cruz, nada puede nos separar de su
amor. Necesitamos dejar de esperar que nuestro hermano resuelva cuestiones que
no son de su alzada, o que el mismo no tenga la capacidad de resolverlas, y que
eso no venga a borrar todas las buenas acciones que él tuvo para conozco, y
incluso en medio de los errores que el mismo. Hoy el Espíritu Santo quiere dar
un corazón agradecido, y para eso no necesita mucho, a veces no necesita ni ser
con palabras.

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